Resumen de Fundamentación

Las interpretaciones hegemónicas realizadas desde las ciencias sociales y humanas han privilegiado, en el análisis de la formación social uruguaya, el peso de los partidos políticos y del Estado en términos de una matriz de construcción de ciudadanía. Estas tesis se emparentan con aquellas de la “excepcionalidad uruguaya”, del país de las clases medias, en el marco de una sociedad amortiguadora de los conflictos sociales y siempre presta a transitar caminos institucionales de procesamiento de las diferencias y de búsqueda de consensos inherentes a la vida social. Si bien este diagnóstico parece estar en consonancia con procesos efectivamente operantes en la realidad, no es menos cierto que dichos enfoques e imaginarios también oscurecen y distorsionan la posibilidad de visualización del papel protagónico de distintos sujetos colectivos, en términos de su aporte crítico y contra hegemónico en la vida social del país. En este sentido parece importante retomar la perspectiva de una “sociología de las ausencias y de las emergencias” que plantea Sousa Santos (2006) en términos de volver visibles y problematizar procesos sociales que han quedado en los márgenes de las interpretaciones académicas.

Estas interpretaciones, por lo general, también han soslayado la vinculación y relacionamiento del Uruguay en relación al resto de los países y formaciones sociales latinoamericanas, en términos económicos, políticos y culturales. En ese sentido se vuelve necesario superar algunas lecturas que ponen especial énfasis en el ámbito de las fronteras del Estado-nación, desconociendo la dialéctica que se establece entre las particularidades nacionales y procesos mucho más amplios que condicionan y determinan importantes aspectos de la vida “interna” de nuestro país.

Dicho cuadro interpretativo hegemónico es puesto en cuestión por distintos fenómenos sociales y perspectivas teóricas. De un lado, por una serie de transformaciones sociales que se han procesado a nivel global y que han tenido particular incidencia en América Latina. Han emergido otras perspectivas que plantean una crisis estructural del moderno sistema-mundo, en palabras de I. Wallerstein (1985), donde se procesa una crisis de la hegemonía estadounidense que predominó en la mayor parte del pasado siglo, y que atraviesa hoy por una nueva competencia y lucha hegemónica a nivel global, de final incierto. Otras perspectivas, plantean la crisis estructural del capitalismo, por lo menos a partir de la década de los 70, la que se expresa fuertemente en una mezcla explosiva de crisis social y ambiental (Mészáros, 2002), o un capitalismo cuyas crisis de acumulación ya no se manifiestan en términos de sobreproducción, sino bajo parámetros de una “acumulación por desposesión” (Harvey, 2006). Las resistencias al neoliberalismo y las tentativas de constitución de órdenes que superaran las peores herencias del modelo, han contado con un decidido impulso de diversos movimientos sociales y sujetos colectivos que se han constituído en América Latina como sujetos políticos de primer orden

El caso uruguayo, sin duda se inscribe en algunas de esas tendencias más generales, pero adquiere rasgos particulares. Inserta en el marco de una progresiva ampliación de los derechos políticos y sociales, la democracia uruguaya no resistió los embates de la reestructuración capitalista global que se opera en los años 70 y que se ampara en las dictaduras de seguridad nacional. Podemos decir que en Uruguay, al menos durante el siglo XX, se procesa la conformación de una izquierda social articulada en torno a un movimiento obrero y popular de fuerte base urbana, donde persisten y conviven distintas perspectivas ideológicas (anarquismo, marxismo, socialismo antiimperialista, cooperativismo, comunitarismo, democracia cristiana). Este proceso se articuló con la presencia de una izquierda política muy activa durante buena parte del siglo XX, que transita también por experiencias y una fase de unificación a comienzos de los 60’s, y que confluye en la creación del Frente Amplio (FA), como coalición de grupos y movimiento, y que también remite a aquella perspectiva de desarrollo de perfil nacional, popular y democrático. Esta especie de alianza, que no estuvo exenta de muchos puntos de fricción, logró sobrevivir a la dictadura y al neoliberalismo, y se constituyó en una especie de “bloque histórico” alternativo (en términos de Gramsci, 1985).

La existencia de aquel bloque supuso igualmente múltiples puntos de contacto y negociación con el bloque hegemónico en el poder durante el siglo XX, existiendo diversos vasos comunicantes, concesiones y alianzas que permitieron, tanto la conquista de derechos civiles, sociales y políticos, como también la orientación de muchos movimientos hacia el Estado y el sistema político, en tanto ámbito posible de incorporar demandas, aún parciales de la clase trabajadora. En este sentido, el triunfo del FA puede ser leído también como fruto de la pervivencia de este bloque histórico, al mismo tiempo que implica el fracaso de los partidos tradicionales y las élites hegemónicas durante el siglo XX, en mantener el control del Estado frente a la crisis y las resistencias sociales que generó la propia aplicación del modelo neoliberal.

El Frente Amplio se constituye en un partido de masas en la década de los 90, alcanzando el gobierno de Montevideo en 1990 y el gobierno nacional en 2005, incorporando voluntades ciudadanas auto-ubicadas a la izquierda y en el centro del espectro político (Moreira, 2004). Los triunfos electorales del FA en el gobierno nacional en 2005, 2010 y 2015 supusieron una reformulación y nuevas tensiones en aquella articulación entre izquierda social y política, pero no parecerían haberla modificado sustancialmente, al menos hasta ahora. Por un lado se concretan avances en materia de disminución de la pobreza y la indigencia, crecimiento del salario real y un mayor gasto público social en áreas como salud y educación, así como diversas iniciativas legislativas de la llamada “nueva agenda de derechos”. Por otra parte no parecen alterarse sustancialmente otras políticas económicas o de desarrollo, ni los márgenes de ganancia de los grandes capitales instalados en nuestro país.

Al mismo tiempo emergen también nuevas manifestaciones colectivas y demandas a lo largo de estos años, transformaciones legales e institucionales, así como nuevos desafíos para los sujetos colectivos. Los mismos permiten interrogarnos en términos de la autonomía del movimiento popular, con ciertos de cooptación y “transformismo” allí incluidos, posibilidades de mayor fragmentación, al mismo tiempo que nos preguntamos por la capacidad contrahegemónica de dicho bloque histórico.